AMAR ES VIVIR

Hoy estuve en el matrimonio de dos jóvenes, que un día se conocieron y desde entonces no dejan de amarse. Es esto no hay nada de especial, me dirás. Sí es cierto. Todo sería igual que muchas otras historias. Pero es que esta contiene algo que la mayoría no tienen. La fatalidad. Es señora caprichosa que nos visita cuando menos la esperamos. Que nos tiende su manto helado y nos cambia la vida.

Me enteré de ellos por mi esposa. Recibía e mails desde Israel. Donde estuvieron procurando burlar a la muerte. Y en esos e-mails el esposo relataba todo lo que sucedía en su travesía por el hospital donde esperaban un transplante de médula. Ella lo necesitaba para dejar la leucemia que la invadía.

Muchas veces miré los ojos llorosos de mi esposa al terminar de leer lo que le contaban. Se emocionaba, no sólo por la juventud que rebosaban esas vidas sino por el denuedo con el que luchaban para espantar la parca artera. No era el hecho de conocerlos, de saber quienes eran, sino de sentir la emoción que transmitian al buscar la cura que forjara el milagro de nacer de nuevo a la vida.

Y así paso a paso fue mi esposa convirtiéndose en parte de esas vidas. Yo le oía sus relatos cortos y la angustia que no podía dejar de transmitir cuando volvía a vivir la desesperación, la esperanza, el desencanto y de nuevo la lucha para recibir el tratamiento. Pero estaba ausente del drama, solo era un receptor pasivo.

Y un buen día emocionada me dijo que al fin lograron el transplante y que retornaban después de haber logrado vencer todos los examenes post operatorios. Milagros de la ciencia, me dije y me alegré por la nueva buena.

Pero el manto de la fatalidad no tiene fin. Tan llenos de vida, tan jóvenes, tan llenos de la ilusión de vivir, de haber vencido tantas pruebas, de haber pasado por tanto dolor y de creer que la historia tuvo un final feliz, supieron que el cáncer volvió.

Hoy día estuve invitado a su matrimonio. Se casaron ahora por “lo religioso”. Decidieron jurarse amor eterno ante Dios. Los mire cuando pasaron a la ceremonia. La pude ver a ella, radiante, algo pálida pero feliz, a él con la sonrisa en la cara, los ojos con una intensidad que me decía de su angustia interior. Y la fiesta de casamiento se dejó deslizar por la ceremonia, por las felicitaciones, por los brindis y la danza.

Horas antes, cuando me disponía a vestirme para acudir a la cita, recibí un mensaje. Una voz interior que me ordenaba hablar con la novia, decirle que debíamos tener un encuentro a solas y que debía invocar la fuerza del espíritu y vencer el mal que le rodea. No podía creer lo que estaba pensando. Yo no soy de los que están para esos menesteres. ¿Quien era yo para hacer tal cosa? Pero la voz interior no dejaba de hablarme y decirme que era mejor que lo haga a vivir luego arrepentido por no hacerlo. !Tienes que hablar con ella, tienes que hacerlo!

Son los caminos de la vida. Es la voluntad del Padre. Es la comprensión de saber que somos instrumentos de su deseo y que debemos obedecerle.

No me pidan detalles, porque no se los daré. Solo quiero que sepan que cuando estuve a solas con ella sentí nervios y tranquilidad, sociego y seguridad después, y creo que se hará la voluntad del Padre.

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de napuco Publicado en 1