NAPOLEON

 

 Orgullosamente totoreño, nació en ese pueblo, que el año 1929 era un referente de pujanza. Los totoreños son eso: totoreños. No quieren ser cochabambinos. Toman distancia. Recuerdo que se encontraba en la ciudad de La Paz con sus coterráneos y después del abrazo iba la pregunta disparada – ¿has ido a Totora? – ¿Qué tiene Totora que cuando la conoces no la olvidas?

Napoleón fue autodidacta en su educación. Ni bien llegó a La Paz casi a sus quince años, consiguió trabajo en el telégrafo y ahí inició una carrera técnica que le acompaño gran parte de su vida. Con la mejor calificación fue contratado por Panagra. Empresa de aviación que ese tiempo era bandera norteamericana en el transporte aéreo. Yo lo recuerdo en ese afán de madrugar de regresar después de casi un día a la casa y de acompañarlo, a veces, hasta el mismo centro desde el cual se dirigían los vuelos que esos aviones de hélices bimotores llegaban y salían rumbo a Santiago, Buenos Aires o Lima.

Con los auriculares en los oídos, las manos en la máquina de escribir, podía escuchar y transcribir los informes de tiempo y condiciones para que los aviones puedan decolar o aterrizar.  En ese afán, durante los hechos de la revolución del 52, pudo enviar los avisos a tiempo a los Aeropuertos principales de América del Sur para que no lleguen a La Paz, donde las condiciones de la revolución no permitían tener seguridad. Los mineros avanzaban con dinamita en la mano para enfrentarse al Ejército de la oligarquía. La revolución en marcha.

Eso le valió el reconocimiento del propio Presidente Víctor Paz Estensoro, quien en el Palacio, me contó años después, estaba repartiendo pegas a los compañeros y cuando le vio, se le acercó y le dijo – compañero Pino, quiero agradecerle por el trabajo que hizo en beneficio de la revolución, sus advertencias fueron muy oportunas- Napoleón no le pidió nada, ni pega ni favor alguno y recibió únicamente la tarjeta personal que Paz Estensoro le entregó.

Se consideraba movimientista desde entonces. Y creía en la revolución y sus transformaciones. Muchos años después con sus ojos grandes de mirada profunda, me escuchaba en silencio, cuando le cuestionaba los resultados de esa revolución.

Hace cinco años, casi después de un 15 de agosto, me lo asesinaron. Le quitaron la vida sin que hasta ahora se haga justicia. Porque en ese hecho de sangre se que estuvieron implicados policías, delincuentes con uniforme que antes de darle doce puñaladas le robaron sus guitarras, esas compañeras de su vida, con las que le cantaba a mi madre y le daba serenatas cuando podía.

Otro 15 de agosto, hace un año, nació mi nieto Nicolás Napoleón. Le pude cantar su cumpleaños feliz, mirándolo por Internet, a la distancia, no pude besarlo como quería, pero tuve en mi pecho la sensación de que Nicolás era el futuro hecho pasado.

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