LA HISTORIA DE LOS ULTIMOS CINCUENTA AÑOS


DANTE N. PINO ARCHONDO
Me preocupa la forma en que se viene desarrollando el debate ideológico en el MNR. Se parece más a una búsqueda de culpables y de brujas, en medio de una orfandad de medios, de cuadros y de ideas, antes que mirar el horizonte, desde la cima de la historia que ha logrado construir el MNR en estos últimos cincuenta años.
Los verdaderos partidos, tienen ideología, tienen programas y saben cuándo y cómo hacerlas parte del sentir nacional. No son veleros que se dirigen por la fuerza del viento. Si el MNR ha tenido consistencia es gracias a su contenido ideológico y programático. Por tanto, hay que ver al MNR desde el contexto en el cual ha desarrollado políticas de Estado.
La revolución de abril de 1952, es el hito que demarca el pensamiento nacionalista y revolucionario. Nacionalista porque busca construir la Nación, fortaleciendo al Estado, lo cual es el resultado de la suma social que se adscribe a este contenido. Las masas obreras, campesinas y clases medias fueron las que impusieron las medidas de cambio estructural: reforma agraria, nacionalización de la minería oligárquica y el voto universal.
Se transformaron las bases de la economía y se sentaron los cimientos del nuevo Estado Nacional. El MNR no adoptó el socialismo marxista y leninista, porque se dio cuenta de que esa ideología no podía convivir con el entorno externo y menos con el entorno interno que requería relaciones de producción, fortalecidas por el mercado y no por el Estado. Por eso Walter Guevara dijo que había que saber reconocer nuestra condición de dependencia, sin perder la dignidad, es decir saber convivir con el imperialismo era vital para el fortalecimiento de nuestras relaciones económicas y políticas.
Esta unidad entre el pensamiento y la acción fue lo que diferenció al MNR de las posiciones extremistas de quienes pensaron en el Estado como la única alternativa y quienes defendían al mercado de la misma forma. De ahí surge la respuesta de la “alianza de clases” frente a la “lucha de clases” planteada por la ideología sindical minera que creía que desde la minería se podía proyectar la Nación, y que esta proyección caía irremediablemente en la conducción del Estado Socialista.
Lo cierto es que fue el MNR el partido que marcó la historia de los primeros 25 años. Sus medidas se mantuvieron a través del ciclo militar de los años 60 hasta finales del 78, sin que la pendularidad de las dictaduras afecte en lo substancial el centro de las reformas estructurales. La edición de: pactos militares campesinos, de políticas salariales y otras veces de precios, no impidieron que la sociedad aprendiera a conocer al Estado y valorar el mercado.
Al recuperase el proceso democrático en 1978, con la huelga minera y la movilización social que obligó a la dictadura banzerista a ceder y convocar a elecciones con amnistía general irrestricta, la carga emotiva y la creencia de que el Estado tenía que hacerse cargo de los desaciertos del ciclo militar, fue lo que marcó el proceso. Se trazó una línea equivocada que colocó al ciclo militar como al Estado en favor de los empresarios, y al otro, al Estado que esta vez tenía que estar al servicio de los asalariados.
El MNRI, el MIR, el PCB y otras facciones políticas menores, crearon la UDP. Unidad Democrática y Popular. Frente con el cual se polarizó a la sociedad, que cansada del ciclo militar, buscó la salida democrática convencida de que la UDP era la respuesta y le dio el voto en tres elecciones seguidas.
Este período fue eminentemente político, y en su desarrollo reprodujo las contradicciones ideológicas que nacieron durante la ejecución de las medidas revolucionarias de abril del 52. Y esta ideologización del proceso indujo a la adopción de medidas económica equivocadas, que lejos de estabilizar la economía impulso la inflación que apalancó el rechazo social.
Tuvo que ser nuevamente el MNR el partido que retomara las riendas del proceso, esta vez con un entorno externo distinto a los veinte años anteriores, inmerso en el crecimiento de las fuerzas productivas internacionales que modificaban el comportamiento de los mercados avisorando el inicio de un proceso de mundialización, en el cual las islas económicas no tenían posibilidades de sobrevivir.
Las medidas de estabilización económica, para parar la inflación y sentar las bases de la recuperación productiva en 1985 nuevamente colocaron al MNR como el partido político con capacidad objetiva para interpretar la realidad nacional y mundial. Esta comprensión de lo posible frente a lo deseable, no solo estabilizó la economía sino la democracia. Si no se hubiera liberado el mercado, y reproducido las condiciones de crecimiento, la democracia no hubiera podido sostenerse. Este aporte del MNR a la nación debe entenderse en esta doble vía. Estabilidad económica para tener estabilidad democrática.
Luego del gobierno de Paz Estensoro (185-1989) los vaivenes políticos, hicieron que la voluntad política del ex dictador Banzer, no el voto popular, le diera el gobierno al MIR. Y este período regresó a las épocas de la indecisión. El MIR y ADN, no supieron que hacer con la estabilización económica heredada y se desenvolvieron en contradicciones permanentes, sin decidirse por fortalecer el Estado y tampoco el mercado. Fueron cuatro años, en los cuales el país se contrajo, perdió acción y prosiguió por el camino dejado, aunque sin mantenimiento y con una serie de baches que no supieron cómo arreglar.
Cuatro años perdidos. Hasta que el año 1993, es nuevamente el MNR que retoma la conducción nacional con ideas claras y un programa que coloca al país en el contexto internacional y lo orienta hacía el desafío de la productividad y de la ventaja comparativa, utilizando el instrumento de la capitalización para reactivar la economía, fortalecer al Estado e insertar a Bolivia en el contexto de la globalización.
Desde 1985 hacia delante, mineros relocalizados que migraron al Chapare, se convertían en productores de la coca. Hoja que les daba los ingresos que las minas les negaban. Y alrededor de la hoja de coca reprodujeron también sus organizaciones sindicales. Sistema de control y de autogestión que le hizo la vida imposible a los gobiernos de Paz Zamora (1989 – 1993) y de Gonzalo Sánchez de Lozada (1993 – 1997) y luego de Hugo Banzer – Jorge Quiroga (1997 – 2002), resistiendo la política de erradicación y sustitución apoyada por los Estados Unidos y legalizada por la ley 1008 sancionada durante el gobierno de Paz Estensoro.
Alrededor de estas organizaciones sindicales que por las características de su producción y relaciones con la actividad del narcotráfico, tenían recursos que les permitía movilizarse interna y externamente a foros, conferencias y programas de difusión masivos, se puso en la mesa de la Agenda Nacional, el trato que debía establecerse entre el Estado y este sector. La Iglesia Católica, sus medios y los medios de comunicación mostraban a los cocaleros como víctimas de un Estado que no tenía respuestas a sus demandas, el Estado se mostraba como represor y desconsiderado que para congraciarse con la política norteamericana reprimía a su propia gente.
Así llegaron al Congreso y desde esa tribuna desafiaron abiertamente a los Gobiernos, generaron una permanente inestabilidad económica, con bloqueos, paros y huelgas que terminaron por exacerbar el ánimo social, que pedía una solución de una buena vez. Pero ningún gobierno se atrevió a ejecutar con autoridad la política de erradicación, por las connotaciones sociales que eso representaba y la falta de respuestas alternativas para ese sector social.
Lentamente el Estado perdía autoridad y los sindicatos cocaleros adquirían poder. El poder entendido como la capacidad de influir en otros sin tener autoridad, es lo que lograron las seis Federaciones del Trópico de Cochabamba y de la acción sindical, pasaron a crear el instrumento político (M.A.S) con el cual terminaron de tejer la red social urbana que necesitaban.
El año 2002 la situación de desgaste político del MNR, MIR, UCS, CONDEPA era evidente. Gonzalo Sánchez de Lozada tenía más del 35 por ciento de resistencia social. La gota de agua cocalera terminó por horadar la confianza social en los partidos políticos. Y la sociedad buscaba el cambio. Cambio que se ofertó con el Alcalde de Cochabamba Manfred Reyes Villa y su enésima creación partidaria NFR (Nueva Fuerza Republicana).
Las elecciones del 2002, estuvieron signadas por la acción del MNR (guerra sucia) y la convulsión promovida por el M.A.S. Esas elecciones las ganó la NFR pero fue rebajada del primer al tercer lugar en el recuento de los votos y en el Congreso se eligió al MNR, con previo acuerdo con el MIR y sin la presencia de NFR.
Lo importante de todo esto no es la anécdota política, sino las consecuencias que se derivaron. La insistencia de Gonzalo Sánchez de Lozada para ser Presidente, a pesar de la resistencia social que tenía, que no era una resistencia al MNR sino a él y su entorno, colocó por primera vez en los cincuenta años de historia movimientista, a su partido en función de gobierno pero con toda la fragilidad con la que se podía asumir un gobierno.
El resto de la historia es reciente. Pero sus efectos serán de largo plazo. La victoria cocalera y todo lo obrado hasta ahora han demostrado, otra vez, que el único partido nacional que tuvo ideas, programa y capacidad objetiva para analizar la realidad nacional fue y debería seguir siendo el MNR, si es que su militancia deja los complejos de culpa y reasume su papel de líder político, dejando a un lado las ambiciones personales y grupales para unificar fuerzas en pos de un objetivo nacional irrenunciable, como es el de reconducir a Bolivia por el camino de la Unidad Nacional, fracturada por el grupo cocalero, de la estabilidad económica con progreso, estancada y destruida por el gobierno cocalero, del reencuentro social, lastimado por la coca y sus nexos delincuenciales.
La sociedad busca una alternativa y esta no se la encontrará fuera de la realidad que se tiene hoy día.
1) Está claro que el MNR por sí solo no está en condiciones de reasumir la conducción nacional. Situación que ya vivió en 1971. Es decir tuvo que formar parte de una coalición para levantar el veto que pendía sobre su sigla.
2) Es importante ahora forjar, construir esa coalición. El MNR tiene la obligación de hacerla y de convocar a las fuerzas políticas, que estén dispuestas a ejecutar un programa de desarrollo económico – social acelerado, que tenga como eje central la inclusión de los sectores populares, que no buscan el socialismo sino la participación en el modelo donde está el Estado si es necesario y donde actúa el mercado si es posible.
3) Dejar que el movimiento cocalero continúe en el gobierno es seguir el camino del atraso y la miseria en la que se está colocando al pueblo y es permitir que las mafias delincuenciales del narcotráfico, sigan usando el territorio y sus instituciones como su feudo.
4) Promover la declaración de amnistía general e irrestricta para garantizar el proceso democrático.

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LA DERROTA DE M.A.S EN LAS URNAS Y EN LAS CALLES



DANTE N. PINO ARCHONDO
Tratar de entender lo que ahora está sucediendo en Bolivia, sin previamente clarificar lo sucedido en Octubre de 2003, lleva, como a muchos, a creer que todo el proceso posterior ha sido de un cambio permanente, a tal punto, que hemos pasado del empate catastrófico al punto de bifurcación y de ahí al afianzamiento del proceso de cambio, irreversible, según su mentor.
Pero la realidad es testaruda (Lenin) y no tiene compasión con los soñadores ni sus sueños, incluida la grandeza, producto del uso diario que da el poder. Y eso es precisamente lo que golpea hoy día en el rostro de los ideólogos del cambio. Todo lo actuado ha sido puesto en papel, nueva Constitución, migración de contratos petroleros, agrandamiento del Estado empresario, transformación del Estado Colonial y empoderamiento de los Sindicatos en el gobierno. Pero nada de esto tiene correspondencia con la realidad.
Y es que ahora, cuando la historia descorre de a poquito lo que sucedió en octubre de 2003, que la ciudadanía comienza a tener conciencia de los verdaderos intereses que financiaron y produjeron ese alzamiento delincuencial, usando al pueblo como escudo.
Con todas sus imperfecciones, la democracia entonces tenía sentido. Bolivia caminaba con oportunidades de inserción social y económica al ritmo de las difíciles inversiones de riesgo, y de un programa, que el 2002, se trazó la meta de agrandar la infraestructura productiva, conexiones domiciliarias de gas, carreteras vinculantes entre centros de producción y consumo, vivienda social y lo más importante inclusión de sectores sociales al mercado, donde sus oportunidades económicas se expandían. En octubre de 2003, la ciudadanía reclamaba participar del sistema, no atacarlo ni destrozarlo. El descontento no era de contenido anticapitalista, especialmente en El Alto, donde el sistema se reproduce en el marco de la ilegalidad y donde el negocio está por encima de la política.
Todo esto se confundió, por esos grupos corporativos sindicales, vanguardizados por los cocaleros, envueltos en discursos preparados por Ong’s que les mostraban como actores del cambio. Llevando a pensar al ciudadano que se terminó la era de la explotación capitalista y se avizoraba el amanecer de un socialismo indefinido. El proceso de la capitalización se mostró como el rostro de intereses imperialistas y a Evo Morales como el ícono del proceso de cambio.
Es decir se intercambió a un verdadero proceso económico y social, por una figura con rostro aimara.
Las masas encandiladas por la figura, antes que por el contenido, votaron por Evo Morales y dejaron en sus manos la construcción del cambio.
Todo lo acontecido desde entonces es un pasar día a día de tumbo en tumbo, de frase en frase y de equivocaciones permanentes, ocasionadas por una lectura caprichosa, de explicaciones sociológicas sin base estructural que pintaron con los colores de la wipala lo que terminaron por llamar “el proceso de cambio”.
Bolivia ha retrocedido, desde su propio nombre, hasta el colmo de estar importando alimentos por más de trecientos millones de dólares. La base productiva nacional se ha debilitado a tal extremo que la dependencia alimentaria comienza a convertirse en otra cadena de sujeción externa.
De las contradicciones se ha pasado a las confrontaciones. Estas han tenido como respuesta la persecución política envuelta en procesos jurídicos. Y sin una oposición capaz de promover una sana competitividad político – democrática, el gobierno pensó que todo era suyo y todo lo suyo podía manejarlo como su buen deseo se lo pida.
La confrontación, que inicialmente se mostró como la polaridad entre el neoliberalismo y el proceso de cambio, ha devenido en ser una confrontación entre el proceso de cambio y las demandas sociales que dieron curso a ese proceso.
El desmoronamiento del gobierno, no tiene explicación por el combate que presentó una oposición menguada, dispersa y perseguida, sino por sus propias fuerzas que le reclaman un norte, un rumbo a un proceso que nunca fue claro en explicar por donde quería llevarlos.
Así de la crítica sindical, del apetito burocrático, de la pugna por las pegas, de los espacios de poder se ha pasado al ataque directo, y entonces en vez de disparar a los neoliberales comienzan a hacerlo contra la figura, contra el ícono del cambio. Evo Morales.
Quienes han visto la facilidad con la que se puede ocupar un Ministerio, se sienten ahora más que capacitados para ocupar la silla presidencial.
La soberbia vuelve a entronarse en el Palacio y el grupo que lo ocupa, ha perdido el sentido de la realidad y trata de forzar sus tesis sociológicas y su empecinamiento en seguir hablando de una forma y actuando de otra. Pero ya no tienen audiencia ni credibilidad.
Por eso el M.A.S. ha pasado en cinco años de perder una batalla en las urnas (elecciones judiciales) a perder otra en las calles (TIPNIS) y no le queda si quiere sobrevivir a todo lo actuado, que abrir una nueva Agenda Nacional.
Esta nueva Agenda Nacional no tendrá éxito ni será posible sin el concurso de la oposición, como expresión del polo opuesto que da la energía que se necesita para retomar el camino de la racionalidad. Y para que esta oposición no sea más que otra forma de desvirtuar las cosas, se debe proceder a dictar una amnistía política y jurídica, que le permita a la oposición reagruparse y actuar con sentido de responsabilidad y al gobierno el desarrollo de una política social y económica coherente y segura.
De persistir el gobierno en imponer su visión de las cosas. La oposición sólo debe esperar a que el derrumbe que lo sustenta se desmorone. Esto podrá tardar más, pero será inevitable. Es el gobierno quien pierde en este cuadro de posibilidad. Porque cuando eso suceda, ya no tendrá capacidad para negociar con la oposición sino que deberá colocarse a la defensiva sin fuerzas para frenar el descontento social generalizado.
Por eso el M.A.S. debe ahora convocar a un encuentro nacional precedido de una amnistía política y jurídica, ahora que es cuando tiene algo de fuerza para sentarse en una mesa y exponer su Agenda.

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