SESENTA Y CINCO CUMPLIDOS

DANTE NAPOLEON-2
DANTE N. PINO ARCHONDO
Y al borde del malecón mirando el horizonte, esos rayos de sol que brillan en tonos de fuego, me llevaron sin querer a repensar mi vida. Cumplir 65 años no es poco y algunos dirían que tampoco es mucho, bueno ese depende de cómo has vivido, digo yo.
La vida es una sola multiplicada. Nunca fui yo solo. Mis compañías fueron tantas y tan alocadas, caras, risas, dedos señalando, banderas ondeando, gritos de guerra, besos, miradas y en medio de todo eso yo envejeciendo. De nada podría quejarme, pues todo lo que hice fue mi obra, y ella habla por mí y calla por mí y aun no aprendo.
Queda siempre el fuego ese que te impulsa a ser, ese que te pide hacer y ese que te impide ver. Señales y signos. Nada se pierde, todo cambia y vuelves al principio. ¿Qué aprendí?
A tener la paciencia que no pude tener, a admirar a quienes criticaba, a reflexionar sobre mis ideales y esos principios que quieres que permanezcan, pero que cambian junto con la realidad que te envuelve, a amar sin pedir ser correspondido, a comprender los errores porque yo los he tenido, a ver en mis nietos el futuro y en mis hijos la continuación de mi vida.
Cuando llegué a Lima, esa noche tenía una valija y en ella me cabía la vida, no tenía nada, otra vez. Y cuando me quedé en ese departamento pequeño, alquilado, frio y solitario se me encogió el alma e igual que a mis doce años, cuando mi madre partió para siempre, sentía la soledad infinita abrazándome.
Es lo que sucede cuando tienes que salir de tu entorno patrio y familiar para buscar refugio. Huyes del peligro, pero nunca lo suficiente para sentirte seguro. Y en este andar, en estos cinco años, la vida dio un vuelco y otra vez, nuevas miradas, nuevas sonrisas, nuevos amigos, nuevos sentimientos.
No fueron cinco años de dolor, fueron cinco años de reencontrarme conmigo, de valorar lo que tuve y lo que tengo, de amar a una mujer en su plenitud, de entender lo que es ser amigo y de comprender a la vida.
Pero ayer, cuando mis hijos me llamaron para felicitarme, no pude evitar que las lágrimas expresaran un sentimiento de alegría y de pena, porque escucho su voz pero no puedo acariciar su piel, fue como una lucha entre los opuestos sin vencedores.
Ya he vivido puedo decir, lo demás es un regalo que no dejaré de apreciarlo cada día.

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