IGNORANTIA

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DANTE N. PINO ARCHONDO
Deberíamos pedir siempre hacer las cosas con mesura, con ecuanimidad y con sensatez. Administrar la cosa pública necesita de tales virtudes. Lo primero que debemos enseñar en nuestras escuelas, es que el Presidente de la Republica es un servidor público que tiene como deber administrar nuestro interés, es decir, lo que es de todos. Que es su mayor responsabilidad cuidar la cosa pública y que ello significa gerenciarla, tomar las mejores decisiones y responder por ellas. Que no es un todo poderoso, que no es el jefe de nadie, que no es el dueño de nada y que tiene graves responsabilidades por las cuales debe rendir cuentas y mostrar resultados.
Lamentablemente lo que se cree en una gran parte de la ciudadanía es que el Presidente es un hombre poderoso, del que dependemos, del que debemos esperar la benevolencia y pedirle y rogarle como se hace con los dioses, por eso muchas veces se escuchan opiniones que lo pintan como el “padre de todos”, extendiendo la mano para que nos arroje unas monedas. Lo miran como un ser inalcanzable, y muchos quieren ser como él, vestirse como él, hablar como él.
El poder es un martillo con el que puedes golpear para destruir o para construir. Por eso lo peor que puede suceder es que hombres o mujeres sin la educación suficiente tengan poder. La ignorancia es atrevida, porque hace cosas sin pensar en sus consecuencias. Un ignorante cree que la ley que le prohíbe es una mala ley y que la justicia que debe ajustarse a la ley y al debido proceso incomoda entonces resuelve ignorarlas y las reemplaza con su voluntad, porque el ignorante cree que su voluntad está por encima de la ley, está convencido de ello y “siente” que así se hacen las cosas mejor, el ignorante cree que sus caprichos son buenas ideas y manda y ordena para que se cumplan sin importar los costos ni los resultados.
Tener sobre la sociedad un poder como ese es fatal. Pero peor es tener a una parte de esa sociedad que no solo aplaude a ese poder sino que cree que debe permanecer para siempre. Es cuando tenemos que reflexionar sobre los verdaderos principios en los que se sustenta la democracia. Votar no lo es todo, gobernar es la cuestión y por gobernar debemos entender administrar el bien común.
En estos días se habló de otro capricho producto de la ignorancia, comprar cuatro aviones de cincuenta pasajeros para que trasladen equipos de futbol, ya compró un satélite que no sirve, barcazas que no existen, construyó centros deportivos sobredimensionados, pistas de aterrizaje y aeropuertos innecesarios, teleféricos que se pasean solitarios y podemos seguir la lista de sus geniales ideas.
La ignorancia cree que la corrupción es cuestión ideológica. Los corruptos son otros nunca nosotros, se dice asimismo, y por eso enjuicia a ex presidentes por firmar contratos para abrir las inversiones a la exploración hidrocarburífera, y sin embargo emite decretos dándoles a esas mismas empresas territorios considerados reservas para que los exploten, y calla y sobreprotege a los que delinquieron con dineros de los campesinos. Esa ignorancia es la que gobierna y aunque para muchos resulte increíble, en algunas universidades europeas se le rinde títulos honoríficos. Lo que me hace pensar que, a veces, la ignorancia alcanza incluso a esas universidades.

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