NO ME GUSTA LA NATIVIDAD

DANTE EXPO

parte I

Era al atardecer de un invierno, oscurece muy pronto y recuerdo que jugaba con mi carrito en medio de la sala del comedor, mi papá conversaba con mi madre y le decía que se me acabó los juegos porque iba al colegio, entendía que hablaban de mí pero no comprendía eso “del colegio”

Cuando llegó el día fue mi mamá quien me llevó de la mano, no recuerdo si fuimos en algún colectivo o taxi, lo que tengo en mente es una especie de casa grande. Al ingresar había un patio enorme techado con mosaicos de vidrio por donde la luz penetraba con fuerza, lo miré con curiosidad y al bajar la vista me topé una estatua enorme, era una mujer vestida de blanco con un velo celeste, las manos juntas en su regazo, de un rostro fino y bello con la mirada fija que daba la impresión que te seguía, pisaba una serpiente y loque parecía el mundo tenía dos astas como cuernos, subimos unas gradas de  piedra hasta llegar a un descanso era oscuro, luego seguimos ascendiendo y un patio enorme se mostró a mis ojos, ese sería el espacio que tendría durante seis años.

Nos pusieron en filas, los mas chicos adelante, donde yo estaba y los mas grandecitos atrás. Mi mamá me dejó con una sonrisa y yo solo la miré sin tener la menor idea de todo aquello. Cuando nos condujeron al salón de clase y nos sentaron a cada uno en un pupitre de madera pesada, con un olor mezcla de tiza y barniz, comencé a darme cuenta de algo cambiaba en mi vida.

El dejo español fue la primera señal de que aquellos señores de sotana negra piel blanca y cabello plateado eran de otro mundo. Nos miraban con cierta altanería y hablaban fuerte con sentido de dominio, nos anunciaron que ahora eramos calixtinos. El colegio se llamaba San Calixto.

De todo eso me acuerdo vagamente, pero de aquellas misas antes de ingresar a las aulas no. La iglesia tenía un olor a incienso y mirra, de luz apagada, casi de penumbra, con sus tres alas, donde la central se deslizaba hasta el altar mayor y donde la figura del cura vestido con túnica blanca y capa dorada se alzaba como un titan que dominaba todo aquello.

Sentía que se me encogía la piel cada vez que pisaba esa Iglesia, de acuerdo a lo que me decían esa era la “casa de Dios” un Dios que sabía todo, que podía todo, que creaba todo, es todopoderoso me dijeron y el estar en su casa para mi era un verdadero peligro, estar en la casa del todopoderoso creyendo que me veía, que sabía lo que hice y que podía condenarme a vivir en el infierno eternamente me sobrecogía y me impulsaba a ponerme de rodillas en esas tablas duras y pedirle perdón porque lo que había hecho y lo que no también por si las dudas.

Tenía cinco años e iba para los seis.

 

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de napuco Publicado en 1